Día 2– 17 Agosto 2002 (María)

 

Dublín...

Decidimos dejar hoy el coche aparcado y ver Dublín a pie. Tenía la impresión de que era bastante factible recorrer los puntos más destacables de la ciudad en un día, y no nos equivocamos al elegir nuestros pies como el medio de locomoción más adecuado.

Tras engullir un desayuno grasiento y más venenoso que alimenticio –menos mal que existe ese agua de color marrón que ellos llaman café y que ayuda a tragar incluso una piedra- , nos pusimos en marcha y en diez minutos ya nos encontrábamos en O’connells Street, típica calle dublinesa, colorida, dinámica, ruidosa y llena de tiendas.

Nos llamó la atención la gran cantidad de gente que encontramos a nuestro paso, enfundados – a veces embutidos - en trajes deportivos, seguidores del deporte estrella en Irlanda, el Hurling. Se trataba de un partido entre Dublín y Donegal, y la ciudad se encontraba inundada de hinchas y totalmente rendida al evento.


Custom House (Aduanas)




O'connell Bridge

Trinity College

Antes de cruzar el puente O’connell giramos a la izquierda y nos desviamos ligeramente al edificio de la aduana, majestuoso y tristemente inútil, ya que al cabo de unos meses de ser inaugurado en 17?? pasó a manos de los ingleses y dejo de funcionar como aduana para ejercer una parte más de la Administración británica.

Más tarde llegamos a Trinity College, la sobria universidad por excelencia de Dublín (un poco de historia) y de visita obligada para cualquier turista que se precie.

 

Después de retozar un rato en la hierba en St Stephen's Green Park, nos dirigimos a la catedral de San Patricio y más tarde a la Christ Church Cathedral, donde paseamos por la cripta y tuvimos la oportunidad de contemplar las momias de un gato y una rata que fueron encontrados en el interior del organo de la catedral. Extraño.

El centro histórico de Dublín no es muy grande, casi sin darnos cuenta ya estabamos otra vez en el río, al lado de Temple Bar. Allí tomamos una cerveza en el pub The long Hall, que está decorado con una multitud de relojes victorianos.


Un poco de siesta en el parque

Christ Church Cathedral
Pronto se hicieron las seis de la tarde, hora de empezar a preocuparnos por la cena y decididos a no fracasar de nuevo como la noche anterior dimos unas vueltas por Temple bar en busca de un lugar decente donde saciar nuestro apetito.

Zapatero a tus zapatos

A estas alturas de nuestra experiencia como viajeros, no puedo negar que somos un poco torpes en nuestras elecciones y que siempre pecamos de turistas despistados. Elegimos uno de los pubs más frecuentados de Dublín, “The John Gogarty’s pub” en Temple Bar. Conseguir mesa se convirtió en una hazaña imposible, así que nos conformamos con las dos sillas que una decidida y simpática camarera robó para nosotros y nos colocamos en un rincón del bullicioso bar. Era bastante incomodo comer allí, pues nadie lo hacía y nos sentimos como bichos raros. Aún así, pedimos un plato variado de Seafood, ilusionados por la comida del mar que promete tanto en una isla como Irlanda.



Buen Craig

El plato era grande pero realmente caótico e incompresible para una cultura no aglosajona: mejillones, gambas, sepia cruda, berberechos, arroz, ensalada, col y macarrones. Sí, sí... ¡macarrones! Todo ello revuelto y amontonado sin orden alguno. Y nos costó 20 euros, el platito.

No nos quedó más remedio que seguir bebiendo (lo cual no es nada barato, la media es de 4 € por pinta de cerveza), así que pedimos un par de Guinness más, a la espera de asistir en primera fila a un concierto de música tradicional en directo que empezaba en una hora. Así que hicimos tiempo y, entre Guinness y Guinnes, algún que otro whisky o mejor dicho, whiskey, que al fin y al cabo, estamos en Irlanda.



En el Temple Bar

Lo mejor de este bar era la vista que teníamos desde donde estabamos situados, en la ventana del primer piso que miraba a Temple Bar Street. Era realmente impresionante el bullicio y la fiesta que se veía y oía desde la calle, gente bailando, cantando, riendo ... una verdadera celebración de la alegría y las ganas de vivir.

La verdad es que en pocos lugares antes he percibido de esta manera tanta diversión y buen humor. Nadie mira mal a nadie, al contrario, parece que en cualquier momento dos personas que no se conocen van a fundirse en besos y abrazos. Esto, sin duda es lo más bonito y característico de Dublín, a mi entender.


The John Gogarty’s pub

Así pues, asistimos a nuestro primer concierto de música tradicional irlandesa, no sin rezumar un leve aroma a "turisteo" pero bonito, al fin y al cabo.

Tres horas més tarde nos dejábamos arrastrar de nuevo por la multitud de gente que fluía en Temple Bar. Directos a comer un Kebab, que le vamos a hacer... nos habíamos quedado con hambre. Vuelta a casa paseando en la fría noche, dejando atrás el gentío y el ruido para mezclarnos en la oscuridad de las calles de Dublín, al norte del río. Aunque ya eran pasadas las doce, bastantes pubs continuaban abiertos, decidimos entrar en uno donde todo el mundo cantaba y bailaba, atraídos por esa locura verbenera que parecía envolverlo todo. Una Guiness más, y esta vez sí, a dormir.

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