Slieve League
Cuando oí el despertador pensé que no sería
capaz de levantarme. Realicé unos esfuerzos sobrehumanos
para tratar de salir y avisar a nuestra anfitriona de que no podríamos
salir a desayunar. Mientras me aseaba un poco antes de salir del
cuarto, me extrañó no verme negra, pues así
me sentía por dentro después de haber tomado tanta
Guiness la noche anterior.
| La buena señora me miró como
a un bicho raro, mientras intentaba explicarme lo mejor que
podía. Acordamos que me haría un par de sandwiches
para llevar. De camino a la habitación, un grupito
de ingleses jubilados trató de entablar conversación
conmigo, sin mucho éxito.
Me derrumbé sobre la cama y dormí un par de
horas más, cuando me levanté exaltada por unos
golpes en la puerta. Con los pelos de punta y cara de estar
todavía en brazos de morfeo, atendí a la señora
que nos traía los sandwiches de salchichas y bacon
en un platito. Tras agradecerselo, volví a la cama,
esta vez sin poder dormir más debido al olor grasiento
que inundó nuestra habitación. Estaba claro
que no nos habíamos entendido.
Hoy era un día esperado pues ibamos a visitar los
acantilados de Slieve League, con 700 metros de altura son
los acantilados más altos de Europa. Conseguimos salir
del B&B sobre las 13 h, más vale tarde que nunca.
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Tras un camino de una media hora llegamos al impactante paraje
que nos arregló la resaca en un instante. Hacía un
viento infernal, parecía que ibamos a volar con el coche
de un momento a otro. Se puede dejar el coche en el párking
y subir andando unos 20 minutos, pero tras comprobar que teníamos
que empujar la puerta con las dos manos y los dos pies para abrirla,
decidimos seguir el camino a los acantilados por la estrecha carretera.
Caminamos hacia arriba de los acantilados, llenándonos los
bolsillos de piedras preciosas, no sé que nombre recibe este
mineral, es parecido a la pirita y es realmente espectacular. Con
que riqueza surte la naturaleza a estos exquisitos paisajes ya de
por sí bellos en su desnudez.

Slieve League

Glencolumkille |
Las vistas eran espectaculares y nos quedamos
sin respiración. No hay palabras que puedan describir
tal majestuasidad, y si las hay, decididamente no tengo el
suficiente talento para encontrarlas. Quizás una imagen
valga más que 1000 palabras, aunque no estoy realmente
segura de ello.
Es una pena que no pudieramos disfrutar de una puesta de
sol en este lugar, ya que leímos en nuestros libros
que cuando empieza a irse el sol, los acantilados se cubren
de tonalidades rojas y ocres, creando una gran sensación
de irrealidad.
Después nos dirigimos a Glencolumbkille,
donde se encuentra el Folk Village Museum.
Una extensión de terreno que reconstruye las viviendad
típicas de la región. Es interesante echarle
un vistazo para comprender la dura vida que llevaban estas
gentes de Donegal. También es interesante como se creó
este parque, fue obra de un cura local en los años
cincuenta, para intentar frenar la emigración de los
habitantes del pueblo y crear así, puestos de trabajo
relacionados con la artesanía tradicional. Antes de
irnos, cotilleamos un poco en la tienda de souvenirs, donde
venden licores de flores y algas, aunque al final no compramos
nada.
Glencolumbkille, está estrechamente
vinculado a San Columbano, en cuyo honor se celebra una peregrinación
cada 9 de junio en un Vía Crucis hecho de cruces celtas.
Se puso a llover estrepitosamente, así que nos refugiamos
en el coche mientras disfrutábamos del espectáculo
que nos ofrecía el romper de las olas en el mar.
Seguimos nuestra ruta hacia Ardara, una ciudad importante
por su indústria textil. Es el sitio a dónde
hay que ir si quieres comprar jerseys de lana hechos a mano.
No era nuestro caso, puesto que el año anterior habíamos
estado en Escocia y ya nos habíamos surtido lo suficiente
de calor ovejil.
Allí encontramos una taberna adorable, llena de gente
local que se refugiaba allí de la lluvia.
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| El sitio era muy genuíno,
una casa muy antigüa, un abuelo sentado en la barra que
nos ballbuceaba no sé que cosas, y un tabernero con
un humor de perros. Como cualquier casa, habían distintas
habitaciones dónde sentarse. Estabamos tan hambrientos
que pedimos un plato de gambas congeladas con salsa rosa de
bote (vale, no voy a decir nada más sobre el tema),
y un plato de salmón.
Volvemos a Killybegs rendidos, pero aún nos quedan
fuerzas para pasar por el Burger a por unas hamburguesas más
(esto de viajar abre el apetito!) y directos a la cama, que
sólo pensar en tomar otra Guiness....
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Tormenta sobre el mar

Hora
punta en las carreteras |
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