Día 24– 8 Septiembre 2002 (María)


¡ Nos vamos!


Bueno, este fue sin duda el almuerzo más grasiento, seguramente nos supo peor debido a que era nuestro último día. Extraña mecla de sentimientos, por un lado nos apetecía volver a ver a la gente querida y estar en nuestra habitación, pero por otro lado estabamos tristes por volver a la vida rutinaria y a los problemas de siempre.

Después de pasar casi una hora redistribuyendo nuestros bienes en las maletas, partimos hacia el aeropuerto. El camino de Bray hacia el aeropuerto de Dublin nos brindó la posibilidad de contemplar por última vez la capital, invadida por una muchedumbre de seguidores de fútbol, pues Domingo siempre es día de partido. Ese día jugaban Kilkenny contra Tipperary.

Tras una hora aproximadamente llegamos al aeropuerto, dejamos el coche en el párking de Europcar donde un ambilisimo irlandés hizo repaso al coche, nos advirtió de que habíamos dañado la llanta y que a pesar de que deberíamos abonar el cambio de rueda, sólo nos iba a cobrar 68 euros por la llanta. Le supo tan mal darnos malas noticias, que terminó el examen sin haber visto la rayadura de la puerta del conductor, para alivio nuestro.

El avión salió con dos horas de retraso debido a las condiciones meteorológicas. A bordo leí un interesante reportaje en la revista de Aer Lingus, sobre la desesperación de un irlandés que se preguntaba porqué no podía encontrar ni un pub tradicional en toda la isla que sirviera comida típica, como estofado de Guinnes o cocido Dublinés.

¿Por qué se empeñan los irlandeses en servir mejunjes ingleses, en lugar de sacar provecho de su excepcional materia prima? ¿Por qué prefieren el pollo al curry a los deliciosos frutos del mar? ¿Por qué destrozan la carne dejándola como una suela de zapato? ¿Por qué le llaman “seafood” en lugar de “maravilloso pescado refrito con mantequilla acompañado de gambitas asiáticas congeladas”? Quizás eso nos de una pista de el inquietante espiritu irlandés, de su pasado, y de su presente. Aunque eso sí, incluso una hamburguesa de McDonalds sabe bien si se acompaña con una Guinness y las meláncolicas melodías de la música en directo.

Un país lleno de contrastes, de eso no hay duda.

 


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