¡ Nos vamos!
Bueno, este fue sin duda el almuerzo más grasiento, seguramente
nos supo peor debido a que era nuestro último día.
Extraña mecla de sentimientos, por un lado nos apetecía
volver a ver a la gente querida y estar en nuestra habitación,
pero por otro lado estabamos tristes por volver a la vida rutinaria
y a los problemas de siempre.
Después de pasar casi una hora redistribuyendo nuestros
bienes en las maletas, partimos hacia el aeropuerto. El camino de
Bray hacia el aeropuerto de Dublin nos brindó
la posibilidad de contemplar por última vez la capital, invadida
por una muchedumbre de seguidores de fútbol, pues Domingo
siempre es día de partido. Ese día jugaban Kilkenny
contra Tipperary.
 |
Tras una hora aproximadamente llegamos al aeropuerto, dejamos
el coche en el párking de Europcar donde un ambilisimo
irlandés hizo repaso al coche, nos advirtió de
que habíamos dañado la llanta y que a pesar de
que deberíamos abonar el cambio de rueda, sólo
nos iba a cobrar 68 euros por la llanta. Le supo tan mal darnos
malas noticias, que terminó el examen sin haber visto
la rayadura de la puerta del conductor, para alivio nuestro. |
El avión salió con dos horas de retraso debido a
las condiciones meteorológicas. A bordo leí un interesante
reportaje en la revista de Aer Lingus, sobre la desesperación
de un irlandés que se preguntaba porqué no podía
encontrar ni un pub tradicional en toda la isla que sirviera comida
típica, como estofado de Guinnes o cocido Dublinés.
¿Por qué se empeñan los
irlandeses en servir mejunjes ingleses, en lugar de sacar
provecho de su excepcional materia prima? ¿Por qué
prefieren el pollo al curry a los deliciosos frutos del mar?
¿Por qué destrozan la carne dejándola
como una suela de zapato? ¿Por qué le llaman
“seafood” en lugar de “maravilloso pescado
refrito con mantequilla acompañado de gambitas asiáticas
congeladas”? Quizás eso nos de una pista de el
inquietante espiritu irlandés, de su pasado, y de su
presente. Aunque eso sí, incluso una hamburguesa de
McDonalds sabe bien si se acompaña con una Guinness
y las meláncolicas melodías de la música
en directo.
Un país lleno de contrastes, de eso no hay duda. |
 |
|